* LA PETIT IRÉNE ET LA PATTE DE POULET *

Resulta que en mi tierna niñez, me dio por pintarle las uñas a todo bicho (viviente o no) que entrara por casa. Reñía a mi madre si traía un pollo con las patas cortadas, porque las uñas de éstos eran precisamente lo que más ilusión me hacía pintar. Luego me tiraba hoooras jugando con la pata del pobre pollo, poniéndola en miles de posturas distintas e imaginándome que pertenecían a sinuosas y elegantes damas. Claro está, el “despojo” desaparecía nada más descuidarme un segundo… así que, empecé a esconder mis tesoros para que no fueran eliminados…

Siempre escondía las cosas. Tengo en la mente la cara de sorpresa de mi madre cuando encontraba algo que llevaba meses perdido (como mis gafas, que siempre desaparecían) en el sitio más recóndito e inesperado. Es cierto que los niños tienden a ser olvidadizos y al tener yo tantos “rinconcitos” -como los llamaba mi madre- acaba descuidándolos.

Pasado un tiempo,  mi cuarto empezó a oler mal, cada vez peor, despidiendo un tufo insoportable.

Finalmente se descubrió el misterio de la “peste en el cuarto de la niña”: un miembro en descomposición con las uñas de un rojo brillantísimo.

Moraleja de esta historia: dejen en paz a los pobres pollos.

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